
Balú…enjuto, sucio y mágico; viviendo en un mundo que no supo adaptarse a el por miedo a una felicidad que se tilda de locura. Miedo al jeque árabe, a la capa y la espada de plástico, al cosaco sin caballo y a las lentejuelas…
Barba larga y blanca, pómulos salientes y manos huesudas y retorcidas fruto del miedo, que menos mal que le estropeó un ojo de la cara para ver esta ciudad solo a medias… y, pese a todo, un rescoldo de habilidad magicomalabarística que sorprendía. Pero, sobre todas las cosas, ese brillo en los ojos y esa sonrisa real que encendían los aplausos. Aplausos, su única necesidad y su único vicio junto a los cigarrillos delta…
Mucho mundo cargaba a sus espaldas y demasiadas cosas en la cabeza, quizá una vida de libro o película acabada con la soledad de breves amistades de bar cargadas con lástima, un poquito de admiración y un poco más de simpatía…
Vamos a echar de menos al patriarca de los malabaristas de cruce aunque, como todos los grandes, nunca fue valorado de verdad por su gremio…

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